Te ofrezco el coral que llevo colgado al cuello, un minúsculo rastro de mar que me he robado del universo, mágico fragmento de lo que fui. No es parte de mí porque lo llevo, soy parte de ese pequeño detalle, porque intento fijar calcio multiforme a mí alrededor… Quizá así salvarme...
Pongo en tus manos mi coral-compañero-nocturno-en-medio-de-la-calle, es probable que se desvanezca antes de que lo palpes, pero quedará mi desapego en su lugar.
Te doy la llave que guarda mi pecho, como un símbolo insulso, como quien entrega el cielo que no le pertenece, como quien te brinda lo inalcanzable, así como llevarte al museo para observar la única pared vacía.
Toma la llave, pero no pienses, no te atrevas a abrir las puertas porque mis sentimientos se han convertido en ruinas y el suelo -si lo encuentras- es una trampa inestable.
Puedo obsequiarte el desliz, la rutina de drogarse con aromas comunes, la costumbre de cerrar los ojos mientras camino arropada de gentes para hallar un registro de olores, creer que he perdido la visión por un momento, ese manía de valerse de lo intangible, ¡Quédatela! (Ya no la quiero)…
Sería prudente que recogieras del piso las palabras que arrojo al viento, las palabras que doblo en el silencio y reaparecen en mis meditaciones, llévalas en tu maleta, así no vendrán arrastradas - esas perras - sollozando que las devuelva al papel…
Las ilusiones, no las necesitaras, y te pregunto: ¿Se las regalo a los pobres o alimento a los perros?
No hay comentarios:
Publicar un comentario